Y POR FIN EL SOL

Como buen gallego debería de estar acostumbrado a los días con poca luz, grises, y de lluvia constante. Recuerdo durante mi infancia meses completos en los que no veíamos el sol, los paraguas se convertían en una prolongación de nuestras manos y las botas de agua amarillas, en mis pies de pato. Esta semana aquí en Madrid fue muy parecida a aquellos tiempos en los que mi vida transcurría entre el colegio y mi casa, mi casa y el colegio. Llovió, cayó aguanieve y nevó. El termómetro a duras penas superó los cinco grados y el viento frío del este rajó mis labios sin pudor.

Pues sí soy gallego, pero con los años me doy cuenta de que los días grises no me gustan. Mi estado de ánimo cambia por completo. Este tiempo me acobarda, me encoje, se apodera de mis energías y termina por cansarme hasta agotarme y colocarme al final de la fila.

El sábado pasado estuve celebrando el cumpleaños de mi prima Ana alrededor de una gran mesa rodeado de buena compañía y saboreando los excelentes manjares que Pilar nos había preparado. Desde aquí agradecerle a ella que en la carta de su nuevo restaurante entre los muchos platos que podremos degustar van a estar los berberechos con patatas fritas que tanto me gustan, y que me van a permitir viajar en metro a Cariño en los días de morriña.

El resto de la semana transcurrió sin muchos sobresaltos. Intentando evitar las noticias, tan grises como el tiempo. Ahora mismo es difícil encontrar algo de optimismo en la caja tonta, en la radio o en la prensa. Desde hace meses llueve todos los días, a este paso los presentadores del telediario tendrán que salir con los paraguas abiertos a darnos las noticias, y yo, desde hace tiempo intento vivir en la ignorancia total y absoluta. Ignorancia que pierdo a final de mes cuando al igual que otros tantos millones de españoles empiezo a echar unas cuentas que nunca salen, de esas de 7 más 7 catorce, me llevo una y ya no sé dónde meterla. Tengo proyectos nuevos, interesantes y que espero que me ayuden a poner la nota positiva en esos números negativos, pero para ello tengo que esperar, y seguir echando mano de una paciencia que en mi caso no me caracteriza.

Hoy por fin ha salido el sol. Un sol tímido, de invierno y que nos visita de manera fugaz. Un sol con mochila de fin de semana. Mañana por la tarde ya se va, y con él se llevará mi sonrisa y una alegría que en bolsa cotiza a la alza. Mientras este valor sigue subiendo, yo os voy a dejar, me voy a vestir y a la calle a dejarme abrazar tan fuerte como Lorenzo quiera abrazarme. 

MUJERES: ABUELAS, MADRES, HIJAS…

Ayer estuve en la exposición de retratos del fotógrafo gallego Virxilio Vieitez. Las fotos me gustaron y las personas allí retratadas me impactaron.

Muchas de las fotografías que mi abuela, mi madre o  mi tía guardan en sus latas de Cola Cao desde hace años podrían estar expuestas en cualquiera de las salas de la capital, aunque espero que esto no ocurra nunca por la parte que me toca. Mis fotos de bebé no valen para enseñar en ningún lugar, y mucho menos para exponer.

Un recorrido por todo tipo de imágenes, posadas y menos posadas. De familia. De playa. De infancia. De juventud. De boda. De entierro. De luto. De duelo. En definitiva y como diría Sabina, de rosas y espinas.

Cuatro décadas del siglo pasado en blanco y negro y en color, y todas con algo en común: la mujer. La abuela. La madre. La hija.

Abuelas de sesenta años con apariencia de noventa. Rostros totalmente marcados por historias de vida tan duras como el pan que tenían para llevarse a la boca a diario. Miradas intensas y un sufrimiento dibujado en cada una de las arrugas y líneas de expresión que firmaban hambre, dolor, sufrimiento, emigración, trabajo y más trabajo.

Madres de veinte años con apariencia de cincuenta.  Nacidas y criadas para ser esposas de…y madres por…Tal vez una vida mejor pero con el recuerdo todavía muy reciente de unos años muy difíciles.

Hijas de veinte años, ya con apariencia de veinte porque el tiempo hace el olvido, y el esfuerzo de las generaciones anteriores comenzaba a dar sus frutos. Ropa más moderna, cortes de pelo más juveniles. Más sonrisas y momentos de ocio hasta hace poco inexistentes, verbenas, circos y otras reuniones festivas. Los cuerpos comienzan a mostrarse, eso sí siempre con la mirada puesta en los ojos de padres y abuelos poco dispuestos a que sus “rapazas” enseñasen más de lo que la educación recibida hasta entonces permitía.

Y sí, de allí venimos todos, de unos tiempos oscuros, que aunque pensemos que se parecen a los que ahora estamos padeciendo, nada tienen que ver. Abuelas, madres e hijas, ya no son las mismas, y cuando los personajes no son los mismos, la historia tampoco. ¡Feliz fin de semana a todos!

 

VOLVER A NACER

A pesar de las malas críticas que había leído sobre esta película decidí ir a verla y me sorprendió. Me gustó la historia, los intérpretes, la fotografía, y una “Pe” que me demostró por segunda vez en su carrera cinematográfica que sí es actriz.
Un drama con un título que me hizo plantear muchas cosas. ¿Cuántas veces nacemos? Creo que mi madre me parió solamente una vez, y por el alumbramiento que tuvo no lo olvidará jamás. A partir de ahí, todos crecemos y evolucionamos. 
Primero dormimos bajo las faldas maternas. Nos arropamos en el regazo de nuestro padre. Estamos sobreprotegidos. Completamente atados. 
Tenemos etapas de la vida más estables, otras más inquietas. Algunas de incertidumbre. Otras en las que no sentimos, o tal vez sentimos demasiado. Un día creemos que nos movemos a la deriva. Pensamos que somos libres. Y sin saberlo siempre somos observados. Vigilados.
Seguimos, y seguimos hasta que en algún instante de nuestra vida nos damos cuenta de que todo ha cambiado. Desde que nacemos hasta que nos morimos, ¿cuántas veces renacemos?

EL PREMIO

Aquel mediodía mi madre me contó cómo era la casa de mis bisabuelos, aquella casa que con sus palabras y mi imaginación transformé en un palacio en pocos minutos. Cuando llegué a la guardería y en la clase de pintura dibujé aquella enorme vivienda con todo lujo de detalles, con sus naranjos en flor, sus manzanos llenos de pájaros, su riachuelo de agua helada y su molino de piedra. Maribel, la que fue mi profesora con 3, 4 y 5 años, cuando vio mi “boceto artístico” se sorprendió y me premió con un montón de caramelos que cogió del cajón de su mesa. Creo recordar que esta fue la primera vez que recibí un regalo a cambio de algo que yo había hecho.
A lo largo de la vida fui recogiendo otras recompensas que tengo que decir que nunca llegaron de manera gratuita. Unos libros cuando gané el concurso literario de mi colegio. Una bicicleta cuando aprobé con buenas notas octavo de EGB. Un lacón y dos manojos de grelos cuando ganamos el concurso de disfraces en el instituto o 150 € que invertí en las viandas para la romería de la Fraga, por mi diseño del cartel para las fiestas de mi pueblo.
Este jueves la emisora de música comercial más importante de nuestro país celebró su entrega anual de premios. Estuvimos en primera línea de combate. Tengo que reconocer que a muchos de los artistas, músicos o “faranduleros” que allí se encontraban: o no los conocía, o sí los conocía pero no son santo de mi devoción. Un escenario impresionante y una organización increíble. Si bien fueron muchos los cantantes que estuvieron en escena, el plato más contundente de la noche se lo comieron entre un ya consagrado Sanz y un jovencillo apellidado Alborán, muy meloso él y capaz de mover a hordas de adolescentes edulcorad@s por el ritmo de su guitarra.
Cuando subían al escenario a recoger su galardón los agradecimientos eran múltiples y de lo más variopintos, pero en todos ellos estaban fans, familia y amigos, porque a fin de cuentas los artistas viven por, para y gracias a ellos. Gracias a nosotros que sin ser conscientes nos convertimos en sus premios. Y ya que soy premio, me gustaría ser el de consolación, ese que no se llevó Alicia Keys, y que desde luego y para mí fue la gran actuación de la noche. Una voz inconfundible, una imagen impecable y un ritmo que dejó a todo un pabellón obnubilado.
Esta semana, yo esperaba una gran nevada en Madrid, pero al final los que mueven esto del frío, las nubes y el viento decidieron que esta no era la ocasión, a cambio tuve otros momentos especiales, porque las recompensas no siempre tienen porque ser materiales. Una tarde de cañas con una prima, un trabajo cuando estás en el paro, una comida con un amigo, un capuccino lleno de espuma en buena compañía, un abrazo inesperado o tu buenos días más madrugador.
Dentro de 15 días vuelvo a Galicia a recoger otro de estos premios cuyo valor material es insignificante. El reencuentro con unos amigos que me esperan para disfrazarnos, bailar, reír y compartir un momento de alegría alrededor de una mesa con un buen cocido gallego.

ESPERANDO LA NIEVE

ESPERANDO LA NIEVE

ESPERANDO LA NIEVE
Todos los que me conocéis sabéis que si hay algo que me apasiona es la nieve. No sé esquiar, muy pocas veces estuve en una estación de esquí, y no practico ningún deporte alpino. Lo que me gusta de este fenómeno es ver cómo en pocos minutos algo tan pequeño puede cambiar totalmente el aspecto de un paisaje. Recuerdo la primera vez que la nieve me sorprendió. Yo tenía tres años. Era un 8 de Febrero. Cuando me acosté, los árboles de mi parque estaban desnudos. Mis columpios eran rojos y azules. Mi calle gris. Y el campo que había detrás de mi casa verde intenso.
Unas horas más tarde, al abrir la persiana de mi habitación, algo maravilloso había ocurrido. Mis árboles desnudos se habían vestido. Mis columpios de colores estaban tapados con una manta. Y mi campo verde estaba cubierto por una alfombra. Todo blanco.
El cielo estaba gris. Un gris especial que escupía pequeños trozos de algodón y que al posarse en mi mano caliente se transformaban en cuestión de segundos en agua. Los pájaros trinaban al unísono, no sé si por el frío o porque estaban tan emocionados como yo ante aquella imagen tan novedosa para todos. De aquella ocasión guardo varias fotos. Una de ellas con mis padres, mis tíos Nando y Cani, y un muñeco de nieve que tenía como nariz una zanahoria, fumaba en pipa y al que mi tío para que no pasase frío le había dejado su abrigo verde.
Ya estoy en Madrid. La semana transcurrió tranquila. Entre antibióticos por una gripe mal curada que terminó en otitis, varios reencuentros, y la puesta en marcha de un proyecto fotográfico que si todo sale bien en breve verá la luz.
Hoy hace frío, frío serrano como aquí dicen. Los pronósticos más optimistas para mí hablan de que es probable que el Martes cuando abra la persiana de mi habitación la nieve pueda volver a sorprenderme, mientras espero esa fotografía en mi retina os dejo una imagen de la última vez que en As Pontes el fenómeno blanco lo cubrió todo. ¡Feliz Domingo!.

BANCOS, CAJAS, SECTAS Y OTRAS ESPECIES CHUPÓPTERAS

Hace unos días una señora con traje de corte impecable, carpeta bajo el brazo y una cartera de mano llamó a mi puerta. Incauto de mí, abrí. La mujer no quería venderme nada, simplemente y de forma muy educada y amable, venía a ofrecerme un mundo mejor, y todo por una pequeña aportación a su “reino”. Antes de despedirnos me dejó una revista y se marchó. 

Dos días más tarde acudí a una entidad bancaria a reclamar el cobro de mantenimiento de una tarjeta de rédito que yo no tengo. Asuntos de bancos. Una señora con traje de corte impecable, carpeta bajo el brazo y un bolígrafo en la otra mano me atendió de forma muy educada y amable. El asunto de mi tarjeta le importaba poco. Ella quería ofrecerme un mundo mejor y todo por una pequeña aportación a su “reino”. Antes de despedirnos me dejó una revista y me marché.

Leo ambas publicaciones. En ellas me regalan los ojos. Imágenes bucólicas y fantásticas. Familias blindadas, jardines maravillosos, casas de cuento, amor a raudales, compromisos infranqueables, palabras, palabras y más palabras. 

Pienso en los últimos spots televisivos de diferentes bancos y cajas donde lo que me muestran son manos que se rozan, abuelos que abrazan a sus nietos, hijos que quieren a sus padres, parejas que se aman y todo disfrazado de un concepto que está muy de moda últimamente: la confianza.

En ambos casos persiguen el mismo fin: el ánimo de lucro. El mismo objetivo: robarme de manera “consentida” y sin sentido, y el mismo “modus operandi”: ganarse mi confianza.

Está claro que algo falla: LA COMUNICACIÓN.

Culpables: ¿las entidades financieras? ¿las agencias de publicidad? o ¿los medios?

Inocentes como siempre los usuarios.

Y mientras espero una respuesta, en mi cabeza un mal pensamiento, si a las primeras se les llama sectas destructivas ¿cómo llamamos a los segundos?.

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