LA MÍA ROMA, LA NOSTRA ROMA

Recordaba la luz de Roma desde alguno de los múltiples puentes que cruzan el río Tíber al atardecer, pero no con la intensidad con la que la he visto esta vez. La ciudad de colores ocres y teja gana intensidad con los últimos rayos del sol del día. Una luz tan dorada como las cúpulas de las cientos de basílicas que emergen en cualquier calle, plaza, o cruce de caminos “vía crucis”.

Soñé en un pequeño apartamento de la vía della Madonna de Monti, una estrecha calle paralela a ese gran circo romano conocido como el Coliseo y delante del cual hordas de japoneses se peleaban por hacerse un selfi. ¡Ay si viese esto Caesar Augusto soltaría los leones!, pero esto no es Roma, ni tampoco mi película. En mí película y en mi apartamento tres amigos bailaban mientras compartían una cerveza. Desde la ventana se podrían ver sus sombras. Ellos estaban felices y no les importaba nada.

“La mía película” transcurre entre la Piazza Navona y el barrio del Trastévere, en bermudas, camisa vaquera y sandalias como las que usaban aquellos esclavos que escribieron con sufrimiento el inicio de nuestra la historia reciente. En bicicleta, en Vespa o caminando por un damero de calles empedradas que se cruzan y vuelven a cruzar hasta que te pierdes y desconoces si es la primera, la segunda o la tercera vez que pasas por el mismo sitio. Los colores cálidos te abrigan sin necesidad de una chaqueta al hombro y la música de la ciudad son los gritos cantarines de vecinos y vecinas al son: “alora per favore”.

Ellas con carácter, rudas y de mirada intensa. Las mujeres más jóvenes educadas para ser “las mammas”, seguirán con el matriarcado a pesar de la delicadeza con la que las marcas de lujo y anuncios traten de disfrazar a sus “belas donas”, la mujer italiana es una mujer fuerte.

Ellos morenos como sus antepasados, delgados y con miradas pícaras. Zapatos y gafas de sol. Los primeros impecables, podrían ir desnudos, pero no sin zapatos. Las segundas oscuras como queriendo ocultar algo por lo que sintiesen vergüenza.

El olor a tomate cocinado y a albahaca fresca lo invade todo.

Es la una, la hora del moscato, un vino blanco o un Martini bianco, incluso una peroni o cerveza rubia suave porque todo lo que nos apetece es suave.

Corre una brisa. No nos hablamos. Simplemente estamos sentados y miramos. La vida pasa ante nosotros. El cielo que se nubla, el viejo gato gris, la señora que tiende la ropa blanca, la joven que contonea su cadera, subida en unos tacones de varios centímetros. El señor de traje impecable que toca el acordeón, las olivas verdes.

Los niños que se pelean porque los dos quieren la pelota. El señor de camisa remangada que lee el periódico por encima de sus gafas de montura dorada. La pintora bohemia que está aquí porque su destino se lo pidió. La pareja que se mira con ternura, se tocan las yemas de los dedos y cuando nadie los ve se roban besos que es más bonito que colgar candados y joder monumentos. Esta es mi película y esta es nuestra Roma.

La nostra Roma

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