LAS 40

A un paso de que la vida le cantase las cuarenta ahí estaba él, corriendo porque ese martes llegaba tarde, entre el gimnasio, los zumos, las tostadas y un paseo matutino los minutos habían corrido más de lo previsto.

En el trayecto de casa a la oficina se cruzó con el olor nauseabundo a pis cervecero de los indigentes que habitaban la plaza. Con la señora Manuela protestando una mañana más por la suciedad de las calles de la ciudad. Con Fernando que aunque no le había visto, escribía en la pizarra el menú del desayuno para sus clientes, “las mejores tostadas de pan con aceite y tomate de la ciudad”. Con la rumana que pedía a la puerta de la panadería con estética de artesana pero que después era como todas, barras de pan congeladas que espolvoreaban con harina y croissants llenos de grasas saturadas y trans. Esas que desde hacía años tenía totalmente prohibidas en su dieta, tan peligrosos eran aquellos sebos, como encender de nuevo un cigarrillo.

Y mientras se encendía ese cigarrillo imaginario, en esa suave mañana de septiembre daba vueltas a la realidad que se avecinaba con el final de aquella partida, ¿por qué justo ahora a él le habían tocado las 40? Si él sólo quería cantar las 20

Todavía no tenía una pareja y el tema iba para largo porque con los años cada vez era más raro, egoísta y maniático tal vez, ya no estaba dispuesto a compartir su cama a cualquier precio y menos todavía volverse a ilusionar con buñuelos de viento de esos que mordías y lo único que tenían era aire. Todavía sin churumbeles de esos programados para llorar a las 2, a las 4 y a las 6…Viviendo en un piso que a duras penas podía pagar y que tenía que compartir a pesar de que ya no era el momento para cohibirse por nada. Ya se había ganado a pulso el derecho a echarse un pedo, a rascarse los huevos a dos manos o a subir y a bajar a casa a quien de la punta del cipote le placiese. Ese día llegaría pero mientras tocaba seguir pensando en todos los planes que estaban escritos en un destino incierto y que nunca llegaban a cumplirse a rajatabla porque si no sería todo tan aburrido.

Un viaje, dos, tres…Un cambio de trabajo o una ampliación de la jornada. Una tarde haciendo fotografías. Una mañana en el gimnasio. Unas horas retocando imágenes. Otras tantas buscando contenidos para aquellas empresas en las que trabajaba como periodista. Un rato discutiendo sobre lo humano o inhumano de la publicación de la foto de un niño en una playa. Un café en una chocolatería de renombre listo para escupir. Varias horas cocinando: pollo, arroz, pavo, espinacas, coliflor, merluza y media docena de huevos…¿ Y la tarta? ¿qué tarta si ahora todo se iba directamente para la casilla del bajo vientre sin pasar por la casilla de salida?. ¿De copas? ¿De qué…? Los tiempos en los que el primer apellido era Brugal y el segundo Añejo habían pasado a mejor vida. Ahora el primer apellido era Ribera y el segundo del Duero, apellido compuesto y mucho más señorial, además de

Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve…¡Qué cabrones, ellos con menos de 50 ya marcan tabla de planchar! Y aquí, con varias series de 100 y lo único que se marca son las horas en una partida que empieza su cuenta a atrás…¡Las 40!.

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