Y FUERON FELICES…Y TOMARON ACEITE DE RICINO.

Los primeros cuentos que recuerdo me los contó el abuelo Eduardo, aquellos sí que eran bonitos: el lobo y la bruja siempre acababan malheridos, los tres cerditos bailando, el patito feo siendo un adonis, y la Cenicienta sin una mota de hollín y con unos zapatos de cristal relucientes.

Años más tarde fueron mis padres, mis profesores y algunos amigos los que compartieron conmigo las fantásticas aventuras que a ellos les habían contado: la del niño que estudiaba mucho y llegaba a trabajar en lo que a él le gustaba, tener una bonita casa y un veloz coche.  La del niño bueno al que siempre los reyes magos le traían lo que pedía. La del niño gordo que era feliz y nadie se metía con él, o aquella de un niño muy feo que se enamoraba de la chica más guapa de la clase y cuando eran mayores se reencontraban, se casaban y tenían una tribu de querubines rubios de ojos verdes y guapos como soles de primavera.

En la iglesia también me contaron unas parábolas maravillosas, historias en las que el agua se convertía en vino, los buenos se salvaban siempre a pesar de pestes y lluvias torrenciales y lo mejor de todo, nunca nadie se moría porque si seguías su doctrina tu alma volaba y volaba hasta hacerse eterna rodeada de ángeles blancos que tocaban el arpa mientras tu flotabas allá en la eternidad.

Y allí en el limbo de la pubertad llegaron los cuentos de amor, aquellas fábulas en las que un señor en calzoncillos lanzaba flechas a diestro y siniestro hasta que te pinchaba y tú te enamorabas de una persona maravillosa, que te querría, te cuidaría, te mimaría y te amaría por los siglos de los siglos.

Y mientras yo esperaba a que esto ocurriese (ingenuo de mí) llegaron los primeros jefes que me contaron el cuento del chico que trabajaba muchas horas, que lo daba todo por su empresa y que de ahí saltaba a otra, y a otra, y a otra, y recorría ciudades, países y continentes hasta llegar a una cima muy alta, muy alta, muy alta desde donde podía casi manejar el mundo tal cual un titiritero, pero claro este cuento tendría final feliz siempre que uno hiciese caso de la patraña o el bulo que el político que ocupaba el trono estuviese contando en ese momento. Ellos primero nos contaron que todos éramos muy ricos, muy ricos, muy ricos y que casi todo lo que tocásemos lo convertíamos en oro, hasta que un día,  la avaricia rompió el saco y entonces llegó un cuervo negro que nos anunció que ya no éramos tan ricos porque los cuervos más grandes habían cogido demasiadas monedas del saco y que tendríamos que devolverlo todo, todo, todo. Cuando ya casi no teníamos nada, los cuervos grandes nos dijeron que todo estaba mejorando y que los campos en Castilla ya brotaban verdes y la educación en España era gratuita. También nos contaron aquel cuento de todos iguales ante la ley, el de una ley justa e imparcial o el de una casa, un trabajo y una dignidad que tocaría el cielo sin escalera grande (baila bamba).

Ahora son los periódicos los que me cuentan cuentos. El de esta mañana se  titulaba “La infanta que por voluntad propia declaraba que ella no sabía nada”…

Y así entre cuento y cuento transcurría mi vida y colorín colorado por hoy a gusto me he quedado, y el próximo que me cuente cuentos, me cagaré en todos sus muertos.

¡Hala a dormir todos, que mañana es martes!

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